
Amigas. Ustedes y yo crecimos rodeadas de hermosas muñecas llamadas Barbies. Digamos, para hacerle justicia a la identidad de la muñeca, que Barbie sólo hay una; pero que como muchas mujeres contemporáneas es polifacética. Así, Barbie es enfermera, cantante, modelo, patinadora, hada madrina, princesa, punkera; mejor dicho, todo el universo femenino occidental se resume en sus múltiples personalidades.
Mi madre trató de persuadirme por mucho tiempo contra Barbie. Ese prototipo de mujer siembra en las niñas imaginarios consumistas y banales. No importaba lo que me dijeran; pasara lo que pasara yo siempre quería mi Barbie en navidad. Pero, después de tres o cuatro años de navidades felices me empezó a hacer falta algo más… un novio para mis Barbies. Yo veía muchas series de televisión y en todas había besos de hombres con mujeres, y como dicen que l@s niñ@s actúan por imitación, yo quería imitar esas escenas como eran: con hombres y mujeres. Así que una navidad, sin sacrificar mi ya tradicional Barbie, solicité muy comedidamente a Kent, su novio. Y así me encontré con ocho Barbies –también en mis cumpleaños me regalaban algunas- y un Kent.
Por supuesto que mis juegos siempre tenían el mismo tema. Mis ocho barbies se disputaban a Kent o, cuando estaban de buenas pulgas, se lo rotaban amablemente. Tengo que admitir que a veces había parejas de lesbianas en mis juegos. El amor era lo más interesante de la televisión y, por ende, era el núcleo de mis juegos.
Pero crecí, y mal que bien los discursos anti-consumistas de mi madre me calaron. Abandoné las Barbies –y a Kent-; renegué del consumismo gringo y los imaginarios plásticos. Pero el temor de mi madre se realizó y algo me quedó de esa niñez llena de curvas perfectas, cuerpos esbeltos y cabellos rubios. Sólo recientemente lo descubrí y se lo achaqué a pertenecer a la generación Barbie.
Un día estaba caminando por la calle con una amiga y vimos a un hombre alto, rubio, muy blanco; enseguida nos miramos con cara de “yo con este hombre hago hasta…”. No le di importancia al asunto hasta que la realidad me confrontó. Vivo en un sector de la ciudad plagado de extranjeros con semblantes muy similares al de aquel hombre que vi con mi amiga; de manera que al cabo del tiempo descubrí que mis juegos infantiles instalaron en mí una suerte de radar que funciona de la siguiente manera: cada vez que identifico cabello rubio, alta estatura, tez blanca y ojos claros vuelve a mi cabeza la misma frase: “yo con este hombre hago hasta…”.
Así es amigas. No me siento orgullosa. Es algo que nunca reconoceré públicamente, pero tengo una increíble debilidad por aquellos seres que se parecen a la Barbie o en su defecto a Kent –aunque mi Kent tenía un pelo de plástico y de color café…-. De cualquier manera, me he reconciliado con mi pasado consumista y ahora cada vez que veo a un ser Barbie se lo achaco a mi generación, lo disfruto unos segundos y sigo mi camino.
Mi madre trató de persuadirme por mucho tiempo contra Barbie. Ese prototipo de mujer siembra en las niñas imaginarios consumistas y banales. No importaba lo que me dijeran; pasara lo que pasara yo siempre quería mi Barbie en navidad. Pero, después de tres o cuatro años de navidades felices me empezó a hacer falta algo más… un novio para mis Barbies. Yo veía muchas series de televisión y en todas había besos de hombres con mujeres, y como dicen que l@s niñ@s actúan por imitación, yo quería imitar esas escenas como eran: con hombres y mujeres. Así que una navidad, sin sacrificar mi ya tradicional Barbie, solicité muy comedidamente a Kent, su novio. Y así me encontré con ocho Barbies –también en mis cumpleaños me regalaban algunas- y un Kent.
Por supuesto que mis juegos siempre tenían el mismo tema. Mis ocho barbies se disputaban a Kent o, cuando estaban de buenas pulgas, se lo rotaban amablemente. Tengo que admitir que a veces había parejas de lesbianas en mis juegos. El amor era lo más interesante de la televisión y, por ende, era el núcleo de mis juegos.
Pero crecí, y mal que bien los discursos anti-consumistas de mi madre me calaron. Abandoné las Barbies –y a Kent-; renegué del consumismo gringo y los imaginarios plásticos. Pero el temor de mi madre se realizó y algo me quedó de esa niñez llena de curvas perfectas, cuerpos esbeltos y cabellos rubios. Sólo recientemente lo descubrí y se lo achaqué a pertenecer a la generación Barbie.
Un día estaba caminando por la calle con una amiga y vimos a un hombre alto, rubio, muy blanco; enseguida nos miramos con cara de “yo con este hombre hago hasta…”. No le di importancia al asunto hasta que la realidad me confrontó. Vivo en un sector de la ciudad plagado de extranjeros con semblantes muy similares al de aquel hombre que vi con mi amiga; de manera que al cabo del tiempo descubrí que mis juegos infantiles instalaron en mí una suerte de radar que funciona de la siguiente manera: cada vez que identifico cabello rubio, alta estatura, tez blanca y ojos claros vuelve a mi cabeza la misma frase: “yo con este hombre hago hasta…”.
Así es amigas. No me siento orgullosa. Es algo que nunca reconoceré públicamente, pero tengo una increíble debilidad por aquellos seres que se parecen a la Barbie o en su defecto a Kent –aunque mi Kent tenía un pelo de plástico y de color café…-. De cualquier manera, me he reconciliado con mi pasado consumista y ahora cada vez que veo a un ser Barbie se lo achaco a mi generación, lo disfruto unos segundos y sigo mi camino.
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